Tasio, hundido tras la muerte de su madre, se enfrenta a Damián – Sueños de Libertad

¿Qué hace usted aquí?

El aire en la colonia estaba denso, cargado de recuerdos y emociones que parecían flotar entre las paredes antiguas. Verasio no esperaba encontrarse con él allí, y su sorpresa fue evidente desde el primer momento. “¿Qué hace usted aquí?”, preguntó, con un hilo de tensión en la voz que no pudo disimular. La respuesta no se hizo esperar: le habían informado que había vuelto a la colonia para hablar con don Agustín sobre el sepelio de su madre, y el guarda había insinuado que lo encontraría allí, entre las sombras de la memoria y el trabajo que nunca parecía terminar.

Él, con una tranquilidad forzada, explicó que tenía bastante trabajo pendiente, pero que permanecería un par de horas. La conversación, aunque breve, tenía un trasfondo pesado: el entierro de su madre se acercaba, y aunque la fecha estaba fijada para mañana a la una, la distancia emocional que los separaba se sentía más grande que cualquier reloj o calendario. “¿Ya sabes cuándo es el entierro?”, preguntó, con un intento de normalidad que apenas disimulaba el peso de la tristeza. “Mañana a la 1 en principio”, respondió.

Pero el motivo real de su presencia no era meramente formal o administrativo. Había algo que necesitaba decir, algo que llevaba guardado demasiado tiempo. “Verasio, yo he venido expresamente para que estuviéramos a solas”, confesó con un dejo de vulnerabilidad. La rapidez con la que se habían cruzado antes, cuando don Pedro estaba presente, había impedido que pudiera expresarse. Ahora, sin testigos, cada palabra adquiría un significado más profundo, casi urgente.

Avance del próximo capítulo de Sueños de libertad: Tasio intenta acercarse  a Tasio tras la muerte de su madre

Habló de sus padres, de sus abuelos, de los recuerdos que lo habían acompañado toda la vida. “Ya llevo todo el día acordándome de mis padres, tus abuelos, y de cuándo murieron”, dijo, intentando conectar desde la memoria y el dolor compartido. Él lo entendía, aunque el dolor no se podía medir ni comparar, y respondió con sinceridad: “Imagino cómo te sientes. Has tenido suerte de tener una madre como Ángela, porque era una mujer de bandera y siempre demostró estar dispuesta a hacer lo que fuese por ti.” La emoción era tangible en cada sílaba, en cada pausa que dejaba respirar a la tristeza que ambos compartían.

Ahora que Ángela ya no estaba, la realidad era ineludible: la familia permanecía, pero con un vacío imposible de llenar. “Quiero que recuerdes que tienes una familia, una familia que te apoya y que está contigo”, añadió, intentando que esas palabras fueran un bálsamo para el corazón herido de Verasio. La relación entre ellos nunca había sido sencilla; las heridas del pasado, los malentendidos y la distancia habían marcado cada encuentro con sombras de desconfianza y resentimiento.

Sin embargo, en ese momento, la intención era clara: reconstruir lo que se había perdido, tender un puente donde antes solo había abismos. “Y bueno, esto que te digo ya te lo he dicho más veces, pero quisiera que pudiéramos contar uno con el otro”, confesó, casi suplicando una oportunidad de acercamiento. Las palabras resonaron en la habitación, como un eco de promesas y esperanzas que habían quedado pendientes durante años.

Verasio lo miró con atención, reconociendo la sinceridad detrás de cada gesto, cada frase. “Sí. Y creo que es el momento ahora de enmendar nuestros errores, de aclarar nuestros malentendidos, de acabar con nuestro distanciamiento”, añadió, con la convicción de que había llegado el instante adecuado para sanar viejas heridas. La propuesta era simple en apariencia, pero cargada de riesgos y de emociones acumuladas que podrían estallar en cualquier momento.

La pregunta que siguió fue directa, casi temblorosa: “¿Por qué no nos damos una oportunidad, Tasio?” La referencia a su madre era inevitable, porque todos sabían que ella habría querido verlos reconciliados, aunque ahora solo quedaba la memoria y el vacío de su ausencia. “Eso es lo que hubiera querido tu madre”, confesó con un hilo de voz que apenas sostenía la emoción.

Pero Verasio no podía ignorar la realidad: su madre ya no estaba. La ausencia de Ángela era un vacío imposible de ignorar, y cualquier intento de acercamiento parecía chocarse con la pena que aún lo consumía. “Ya lo sé que no está, pero estás tú, Tasio, que eres de la reina y por eso tienes un lugar en mi casa, y no voy a permitir que no te sientas más como uno de la familia”, replicó, insistiendo en que el vínculo entre ellos debía sobrevivir a la ausencia de la madre.

La tensión crecía, porque no bastaban palabras ni discursos bien intencionados. “¿Usted de verdad se piensa que con un simple discurso va a solucionar esto?”, preguntó con frialdad, exponiendo que el dolor acumulado no podía ser reparado con frases superficiales. “Yo solo quiero tenderte la mano”, respondió, sincero, pero consciente de que su gesto podría no ser suficiente.

Verasio, sin embargo, se mantuvo firme en su dolor y su resentimiento. “Después de la muerte de mi madre, me he dado cuenta de que nuestra relación es imposible”, dijo, dejando claro que la pérdida había intensificado heridas antiguas. La culpa parecía flotar en el aire, implacable y acusadora. “Bueno, yo estoy dispuesto a que lo sea… por su culpa. Por su culpa mi madre y yo acabamos discutiendo. Por su culpa ella acabó cogiendo ese maldito autobús”, continuó, cada palabra cargada de rabia y tristeza, señalando el peso de la responsabilidad que sentía.

El reproche era intenso y personal: la última conversación con su madre había dejado cicatrices que el tiempo no podía borrar. “¿Sabe usted lo que me dijo la última vez? Que no se sentía orgullosa de la persona en la que me estaba convirtiendo”, recordó, con la voz entrecortada, mientras la memoria de aquel momento doloroso golpeaba con fuerza. La oportunidad de reconciliación se había perdido para siempre, y la sensación de pérdida se convirtió en un peso que lo acompañaría toda la vida.

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“No tengo la oportunidad de reconciliarme con ella”, continuó, con un hilo de desesperación que parecía llenar cada rincón de la habitación. “Eso es todo lo que le tengo que agradecer a usted, respecto a mi madre. Esa sensación me va a acompañar toda la vida. Toda.” La intensidad de su reproche dejaba claro que el dolor era profundo, que las heridas no podían cerrarse con palabras bonitas ni promesas de futuro.

Finalmente, Verasio se distanció, sin buscar comprensión ni consuelo. “No necesito su comprensión, ni mi madre tampoco, porque usted no nos ha querido nunca, ninguno de los dos”, sentenció, dejando en el aire un silencio cargado de emociones, reproches y verdades que habían permanecido ocultas durante demasiado tiempo. La música de fondo parecía acompañar cada latido, amplificando la gravedad de aquel encuentro que, aunque breve, marcaría para siempre la relación entre ellos.

El encuentro cerró con un peso insoportable: palabras no dichas, gestos reprimidos, emociones contenidas que ahora se dejaban sentir con fuerza. Ambos sabían que nada volvería a ser igual, que la ausencia de la madre y las heridas del pasado habían creado una distancia que ni la mejor intención podría borrar de inmediato. Y así, entre reproches y recuerdos dolorosos, la tarde en la colonia se convirtió en un punto de inflexión, un momento decisivo que quedaría grabado en sus corazones para siempre.