Sueños de Libertad Capítulo 6 de Novimbre (El Secreto de la Colonia:Una Decisión que lo Cambia Todo)
reemplazara el aroma habitual de las flores. Desde su primer día, mostró que no había venido a complacer a nadie. Con la serenidad de quien domina el terreno, entró en el despacho de Tio —el director de la fábrica— y sin temblarle la voz, soltó una orden demoledora: “Hay que despedir a la mitad de la plantilla. Hoy mismo.”
El golpe fue tan seco que el silencio se apoderó de la fábrica. Los trabajadores, que hasta entonces vivían entre el ruido de las máquinas y la rutina diaria, sintieron un escalofrío. Era como si el aire mismo pesara. Tio, paralizado entre su orgullo y la humillación de recibir órdenes, comprendió el alcance de lo que se le pedía. Lo que Chloé proponía era un sacrificio. Pero la francesa no vaciló: “Prefiero reconstruir sobre las cenizas que dejar que el fuego lo devore todo.” Así, el destino de cientos de familias quedó decidido en un instante.
Mientras tanto, lejos del bullicio de la fábrica, Andrés de la Reina se debatía entre recuerdos fragmentados de la noche de la explosión. Su mente le devolvía imágenes confusas, como si su memoria jugara con él. En cada destello aparecía su esposa María, quien lo observaba con esa calma que oculta más de lo que muestra. Andrés sentía que su mujer guardaba un secreto, y que la línea entre el amor y la sospecha se volvía cada vez más difusa. En el fondo, la colonia entera parecía compartir esa tensión: cada aroma —rosas, almendras, tinta— escondía verdades por revelarse.
En el dispensario, Begoña recibía una visita inesperada. Su padre, don Agustín, llegaba con un tono inusual de arrepentimiento. Por primera vez, el hombre altivo bajaba la cabeza. “He sido cruel e injusto”, admitió. Ella lo escuchó con una mezcla de serenidad y firmeza, imponiendo una condición: “Si de verdad quiere reparar el daño, oficiará mi boda con Gabriel.” Agustín aceptó, y con ese gesto, una herida familiar comenzó a cerrarse.

En otro rincón, Andrés buscaba respuestas en la doctora Luz, tratando de entender si sus recuerdos eran reales o invenciones de su mente dañada. Ella, prudente, le aconsejó paciencia: “No te creas ni siquiera lo que te dicen tus recuerdos. Observa, respira.” Esa frase quedó resonando como un presagio.
Mientras tanto, en la cantina, la vida cotidiana seguía su curso. Claudia, entre tazas de café y charlas discretas, entrevistaba a nuevas candidatas. La última en llegar fue una joven llamada Mar Paz, que parecía esconder tanto cansancio como esperanza. Su perfume, una mezcla extraña de almendra y tinta, llamó la atención de Claudia, quien lo guardó en su memoria como una pista para el futuro.
En la mansión, Marta regresaba de visitar a un hombre peligroso, Elode, intentando romper con un chantaje que la perseguía. Junto a Pelayo, su aliado más fiel, comprendió que no podían seguir huyendo. “Si me das la mano, salimos juntos o caemos juntos”, le dijo él con convicción. Pero en medio de ese drama, algo nuevo florecía: la complicidad entre Marta y Chloé, un entendimiento profundo nacido del respeto mutuo. Ambas mujeres compartían una fuerza silenciosa, una manera de mirar el mundo sin rendirse ante los hombres que lo controlaban.
“Necesito que vuelvas al laboratorio”, le pidió Chloé a Marta. “Podemos salvar Reina Clara si empezamos desde cero.” La frase sonó como una promesa y una orden al mismo tiempo. Marta aceptó, sabiendo que recuperar la esencia de la colonia era recuperar también su dignidad. Así nació una alianza: reconstruir no solo perfumes, sino identidades.
Mientras Chloé luchaba por mantener viva la fábrica, Damián de la Reina, el patriarca, recibía llamadas desde Francia. Brosart, su contacto, le informaba de movimientos que amenazaban con arrebatarle el control del negocio familiar. Cuando Chloé fue citada a su despacho, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Damián la recibió con desdén, pero ella, sin perder la compostura, le presentó su plan: recortes inmediatos, reinversión en fórmulas nuevas y una campaña audaz para devolver el prestigio a la marca Reina Clara.
Andrés, testigo del enfrentamiento, observó fascinado cómo aquella mujer extranjera mantenía el pul