La Promesa – Avance del capítulo 726: Martina y Jacobo ante su decisión final
En La Promesa, todo parecía transcurrir con la serenidad acostumbrada: las voces suaves de las criadas, las órdenes precisas de los señores, el ritmo constante de un palacio que había aprendido a disimular secretos tras sus paredes. Y sin embargo, aquella mañana algo era distinto. El aire estaba cargado, pesado, como si contuviera un presagio que nadie había sido capaz de descifrar aún. Los habitantes de la casa seguían con sus rutinas, ignorantes de que, en una estancia oculta bajo sus pies, dos hombres se enfrentaban a un momento límite capaz de cambiarlo todo.
Allí, en la habitación secreta, el tiempo parecía haberse suspendido. Curro permanecía junto a la pared, respirando con dificultad mientras intentaba mantener la compostura. Frente a él, encadenado a una silla, Lorenzo mostraba una imagen radicalmente distinta de su acostumbrada arrogancia: despeinado, sudoroso, con la camisa manchada por el suelo y por gotas secas de sangre. Aun así, no había perdido su capacidad para herir con palabras.
—¿Es esto lo que querías, muchacho? —se burló, la voz ronca pero desafiante—. ¿Verme así? ¿Crees que con esto arreglas algo?
Curro apretó los puños, clavándose las uñas en la piel para aferrarse a un control que amenazaba con romperse. Cada sílaba que Lorenzo pronunciaba era una provocación calculada, un veneno que buscaba colarse por cualquier grieta emocional.
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—No hables —escupió él, con un hilo de voz tensa—. No digas mi nombre. No te lo mereces.
El capitán soltó una carcajada áspera.

—Tú tampoco te lo mereces, Curro… o como te llames ahora. Hijo de una mentira, un bastardo criado en la oscuridad. Yo solo dejé las cartas sobre la mesa.
La palabra “bastardo” cayó como un golpe, pero Curro no retrocedió. Había pasado demasiadas noches preparándose para este momento, prometiéndose que no permitiría que ese hombre volviera a quebrarlo.
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—Tú pusiste sangre sobre la mesa —respondió con frialdad—. La de mi madre. La de todos los que se interponían en tu camino. Tú convertiste La Promesa en un campo de guerra.
Avanzó un paso, y el sonido de sus botas contra la piedra pareció llenar la sala.
—Y ahora, por primera vez, vas a escuchar lo que es sentir miedo. Lo que es estar a merced de otro. Lo que yo sentía