ÁNGELA SUPLICA A LORENZO… ¡LA REACCIÓN DE LEOCADIA TE DEJARÁ SIN PALABRAS! – LA PROMESA AVANCES
Curro avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, todavía sorprendido por el recado que había recibido. Le habían asegurado que doña Leocadia deseaba verlo con urgencia, así que acudió de inmediato. Sin embargo, al llegar, fue el propio Lorenzo quien lo recibió con una sonrisa torcida que, lejos de tranquilizarlo, le hizo presagiar lo peor. El capitán, con ese tono suyo cargado de ironía, admitió sin rodeos que todo había sido una mentira. No había ningún mensaje de Leocadia; había sido él quien ideó aquella estratagema para evitar que Curro se escabullera bajo alguna excusa banal. Quería tenerlo delante y asegurarse de que no enviara a nadie en su lugar.
Curro, tenso pero firme, replicó que no tenía motivos para evitarlo. Lorenzo, divertido por la respuesta, insinuó que de pronto el muchacho había dejado de comportarse como un cobarde. Aquella acusación hizo que Curro se irguiera con dignidad: afirmó que nunca lo había sido y que incluso estaba dispuesto a plantarle cara si las circunstancias lo exigían. Con una mezcla de burla y satisfacción, Lorenzo celebró aquel gesto inesperado de valentía y lo invitó a escuchar aquello para lo que realmente lo había llamado.
El capitán explicó que lo había convocado para compartir con él su satisfacción personal, una satisfacción que, según él, merecía ser escuchada aunque Curro afirmara que no era necesario. Lorenzo insistió, seguro de que el joven necesitaba enterarse de su “gran logro”. Con soberbia apenas disimulada, explicó que gracias a su astucia había desmontado el plan con el que Leocadia pretendía burlarlo. Se mostraba orgulloso de haber descubierto el engaño a tiempo y de haber actuado en consecuencia.
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Curro, rígido como una tabla, se limitó a felicitarlo con cortesía distante. Pero su intención de marcharse fue en vano: Lorenzo le ordenó que permaneciera allí hasta que él decidiera dispensarlo. Era evidente que quería prolongar el momento, saborear su victoria y humillar al joven en el proceso. Acto seguido, le preguntó si no deseaba saber cuál era exactamente el plan de Leocadia, como si buscara provocar su curiosidad a través de la intriga. Al ver que Curro guardaba silencio, explicó con deleite venenoso que la dama había querido casar a Ángela con otro hombre: Beltrán, a quien calificó de “tontorrón” y, por si fuera poco, amigo de otro “tontorrón”. Su risa amarga llenó la estancia al pronunciarlo.
Cuando Curro dijo que su opinión carecía de importancia, Lorenzo no pudo resistirse a presionarlo aún más. Quiso saber si él estaba al tanto del plan, insinuando que podía haber participado en la conspiración. Curro, herido por la acusación, preguntó qué quería decir con aquello. Lorenzo no lo dejó escapar: lo tachó de cobarde una vez más y sugirió que quizá incluso había ayudado a Leocadia en su intento de desbaratar la boda.
En ese instante, Curro explotó. Sin medir sus palabras, confesó que habría hecho cualquier cosa —cualquier cosa— para impedir que Ángela terminara casándose con él. Fue entonces cuando Lorenzo, por primera vez, dejó caer su máscara de burla y preguntó con una mezcla de indignación y genuina curiosidad por qué el muchacho lo odiaba de ese modo. ¿De dónde nacía tanta inquina?
Curro no necesitó pensar la respuesta. Con una sinceridad desgarradora, le dijo que estaba convencido de que casarse con él era lo peor que podía ocurrirle a Ángela. Que aquella boda sería para ella una “muerte en vida”, una condena cruel de la que jamás podría escapar. Lorenzo escuchó aquellas palabras con una calma inquietante, como si la gravedad del mensaje no le afectara en absoluto. Y tras un breve silencio, replicó con frialdad absoluta que eso era exactamente lo que sucedería. No lo negaba. Ni siquiera le molestaba que Curro lo dijera en voz alta. Al contrario: parecía complacido.
